Creatividad y estrategia frente a la necrofilia ideológica

•  javiermayen.com

El escritor y columnista venezolano Moisés Naím —exdirector de Foreign Policy, exministro de Industria y Comercio de Venezuela, miembro distinguido del Carnegie Endowment for International Peace— acuñó un término que diagnostica con precisión quirúrgica uno de los males más extendidos del pensamiento contemporáneo: la “Necrofilia Ideológica”. La definió como — el amor ciego por las ideas muertas, la insistencia compulsiva de líderes, organizaciones y sociedades enteras en resucitar recetas que ya fracasaron, bajo la convicción de que esta vez el resultado será distinto.¹—

Naím llevó el concepto al terreno político —el maoísmo, el peronismo, el populismo crónico de América Latina—, pero la patología no se detiene en las fronteras de la política. Opera con la misma eficacia silenciosa en las salas de juntas, en los modelos de negocio, en las estructuras organizacionales que se repiten porque "así se ha hecho siempre." El director que insiste en el mismo esquema de liderazgo vertical a pesar de que su equipo se desintegra trimestre a trimestre. La empresa que replica su estrategia comercial de hace una década en un mercado que ya no se parece al de entonces. El profesional que defiende su método con la misma pasión con la que un devoto defiende su credo, aunque los resultados lleven años contradiciendo la fe. Cada uno de ellos, sin saberlo, practica una forma de necrofilia ideológica.

Y el fenómeno no es un problema de inteligencia. Es un problema de posición. Quien opera desde la rigidez no carece de capacidad; carece de distancia. Se aferra a lo conocido no porque funcione. Lo hace porque soltar lo conocido implica enfrentarse a un vacío que la mayoría no está dispuesta a habitar. El dogma —sea político, empresarial o personal— ofrece algo que las ideas nuevas no pueden ofrecer todavía: certeza. Y la certeza, aunque sea falsa, tranquiliza. Por eso el cadáver conceptual se conserva con tanto esmero: no porque sirva, porque calma.

La biogénesis ideológica: una tesis opuesta

Frente a ese culto a los cadáveres conceptuales, propongo aquí una tesis en dirección contraria: la Biogénesis Ideológica. El término tiene raíz deliberada. En biología, la biogénesis es el principio que establece que todo organismo vivo proviene de otro organismo vivo — no hay generación espontánea —. Pasteur lo demostró en el siglo XIX y cerró uno de los debates más largos de la historia de la ciencia.² Trasladado al terreno del pensamiento, el principio funciona con la misma lógica: las ideas vivas no aparecen por decreto. No basta con anunciar que hay que innovar, pensar diferente o "ser disruptivo." Una idea viva nace de otra idea viva — de un conocimiento activo, de una observación precisa, de una pregunta que alguien se atrevió a formular cuando todos los demás seguían repitiendo la respuesta de siempre.

La Biogénesis Ideológica no es la adoración de lo nuevo por ser nuevo. Es la comprensión de que el pensamiento, como cualquier organismo, necesita condiciones para nacer, sostenerse y evolucionar. Y necesita, también, que alguien lo sostenga, porque las ideas nuevas son frágiles, y el entorno las rechaza con la misma fuerza con la que un sistema inmunológico ataca lo que no reconoce. El ejecutivo que llega a una junta con una lectura distinta del problema sabe de qué se trata: la reacción del grupo rara vez es curiosidad. Casi siempre es defensa.

Aquí emerge la pregunta operativa. Si el pensamiento muerto se sostiene solo — porque tiene inercia, porque tiene estructura, porque tiene seguidores que lo defienden sin cuestionarlo —, ¿qué sostiene al pensamiento vivo? La respuesta no es una fórmula. Es una secuencia de tres fuerzas que operan en un orden específico, y que pierden eficacia si se desordenan o se separan.

La creatividad como fuerza de ruptura

La primera fuerza es la creatividad, pero no la creatividad cosmética, la de los talleres de innovación con post-its y dinámicas de grupo, la que se vende empaquetada como experiencia corporativa. La creatividad que aquí importa es la que interrumpe la inercia del pensamiento automático y formula la pregunta que el dogma prohíbe: ¿y si el problema no es el que creemos que es? Mientras el necrofílico ideológico intenta reparar un instrumento obsoleto, el pensamiento vivo desplaza la pregunta completa.

Un ejemplo concreto: un director comercial puede invertir años enteros optimizando un embudo de ventas que ya no corresponde con la forma en que su cliente toma decisiones. Afina los pasos, mejora los tiempos de respuesta, capacita al equipo en técnicas de cierre. Todo eso es esfuerzo real aplicado a una estructura muerta. La creatividad no le dice que lo haga mejor. Le muestra que está resolviendo la pregunta equivocada, y que la pregunta verdadera — cómo decide hoy mi cliente, qué lo mueve, en qué momento lo pierdo y por qué — es una pregunta que su modelo actual ni siquiera tiene espacio para formular.

La creatividad ontológica, como fuerza, no redecora. Interrumpe. Y la interrupción, cuando es precisa, genera un espacio que antes no existía: el espacio donde cabe una idea que todavía no tiene nombre.

El conocimiento adaptativo

La creatividad abre, pero no sostiene. Una ruptura sin fundamento es pirotecnia: se enciende, llama la atención un instante y se apaga sin dejar estructura. La segunda fuerza del pensamiento vivo es un tipo de conocimiento que no se define por su volumen, por la cantidad de libros leídos o de posgrados acumulados. Se define por su capacidad de observación. Es el conocimiento que mira los datos del presente con la atención de quien necesita operar con ellos, no de quien los colecciona para exhibirlos.

Para desplazar una idea muerta, la idea que la reemplaza necesita estar tan bien fundamentada en la realidad actual que haga que la anterior se revele como lo que es: un anacronismo. Y esto exige un trabajo que la mayoría subestima. Exige comprender las dinámicas reales del mercado, la psicología de quien toma las decisiones, las grietas del sistema vigente, los datos que la inercia organizacional no quiere ver. Esto es lo que distingue al consultor estratega del comentarista: el consultor no opina sobre lo que debería cambiar. Opera con los datos que tiene, los valida, construye con ellos. El comentarista señala el problema y se va; el estratega se queda hasta que el problema cambia de forma.

El conocimiento adaptativo no es enciclopédico. Es agudamente situacional. Lee el presente con la misma precisión con la que un cirujano lee una placa antes de operar: no para saber más, para intervenir mejor.

La estrategia como cable a tierra

La tercera fuerza es la que le da tracción a las dos anteriores. Una idea brillante respaldada por datos sigue siendo un fantasma si no tiene forma de penetrar la realidad. La estrategia reconoce lo que la creatividad y el conocimiento a veces ignoran: que el tiempo, los recursos y la atención son finitos. Que toda idea nueva enfrenta resistencia. Y que quien no prevé esa resistencia pierde ante ella, no porque la idea sea mala, porque llegó sin vehículo.

La estrategia diseña ese vehículo. Calcula la secuencia. Anticipa los puntos donde el statu quo va a empujar de vuelta — porque siempre empuja —. Identifica los recursos disponibles y los que hacen falta, y traza la ruta que convierte la teoría en un hecho consumado. La estrategia es la disciplina de la finitud: no puede hacerse todo al mismo tiempo, no puede atacarse todo con la misma fuerza, y el orden en que se ejecutan las cosas determina si una idea viva sobrevive al contacto con la realidad o muere en la mesa de planeación.

Un caso frecuente: una organización identifica con claridad que su modelo de servicio ya no corresponde con las expectativas de su mercado. Tiene el diagnóstico, tiene la visión, tiene incluso el diseño de lo que debería reemplazarlo. Pero carece de estrategia. No tiene secuencia, no tiene prioridad, no tiene un cálculo realista de lo que puede mover y lo que tiene que esperar. Al cabo de seis meses, el modelo nuevo vive en una presentación de PowerPoint y el modelo viejo sigue operando intacto. La estrategia es lo que impide que la biogénesis ideológica se quede en intención.

La secuencia que sostiene al pensamiento vivo

Las tres fuerzas no funcionan en paralelo. Funcionan en secuencia: la creatividad detona la ruptura de la inercia, el conocimiento valida y sostiene lo que la creatividad abrió, y la estrategia lo conduce hasta su ejecución en el tiempo. Saltarse una es producir una versión incompleta del proceso. Creatividad sin conocimiento es pirotecnia. Conocimiento sin estrategia es diagnóstico que no cura. Estrategia sin creatividad es eficiencia al servicio de lo caduco — es hacer cada vez mejor lo que ya no debería hacerse.

La biogénesis ideológica, entendida así, no es un acto de rebeldía ni una postura intelectual. Es un método. Es la decisión deliberada de generar pensamiento vivo en lugar de administrar pensamiento muerto. Y como todo método, exige disciplina, secuencia y la disposición de sostener lo nuevo hasta que demuestre su viabilidad — sin la ilusión de que basta con tener razón para que las cosas cambien.

 

La vida no le pide a nadie que conserve lo que ya no funciona. Tampoco le pide que cambie por el solo hecho de cambiar. Lo que exige — y aquí está la exigencia real — es que quien actúa en el presente sea capaz de distinguir entre lo que todavía tiene vida y lo que ya no la tiene, por más respetable que haya sido en su momento. Soltar el cadáver de una idea que alguna vez fue útil no es traición a los principios. Es el acto de responsabilidad más alto que puede ejercer quien tiene en sus manos una decisión que afecta a otros.

El pensamiento vivo no pide fe. Pide presencia, observación y la disposición de actuar cuando la evidencia lo demanda, aunque el libreto viejo diga lo contrario.

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¹ Moisés Naím, "¿Qué es la necrofilia ideológica?", El País, 2016.

² La biogénesis como principio biológico fue establecida por los experimentos de Francesco Redi (siglo XVII) y consolidada por Louis Pasteur (siglo XIX), quienes demostraron que los organismos vivos no surgen de materia inerte.

Javier Mayen

Javier Mayen

Consultor Estratégico | Estratega Ontológico | Filósofo Gestalt | Especialista en Alto Rendimiento y Liderazgo

📍 Texas, Estados Unidos / Ciudad de México

📧 jm@javier mayen.com | 📞 +1(210)248 5834

Perfil Profesional

Consultor, estratega ontológico y filósofo con una trayectoria multidisciplinaria que integra filosofía aplicada, liderazgo organizacional, administración pública, sustentabilidad, entrenamiento de alto rendimiento y desarrollo humano.

Con formación de postgrado en MBA, administración pública, medio ambiente y procesos de entrenamiento de alto rendimiento, así como estudios doctorales en Filosofía Gestalt, ha desarrollado un enfoque de intervención orientado a la transformación de personas, líderes y organizaciones mediante procesos de conciencia, coherencia, identidad y desempeño.

Su práctica profesional articula pensamiento crítico, fenomenología, filosofía gestalt, filosofía oriental y décadas de experiencia en liderazgo, dirección empresarial y formación humana, integrando herramientas orientadas al cambio de paradigmas, toma de decisiones, construcción de identidad profesional y alineación estratégica.

Su experiencia en el deporte de alto rendimiento y la disciplina marcial aporta una comprensión profunda de los procesos de resiliencia, liderazgo, gestión emocional, enfoque y desempeño bajo presión.

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