El error de posición: ¿Por qué crees que estás vacío?
El discípulo llegó cargando sus carencias. Se detuvo frente al muro, miró la tronera y dijo: «Maestro, lo que soy se parece a eso. Oscuro, vacío, frío. He buscado durante años algo que llene este espacio».
El místico no respondió. Lo tomó suavemente de la manga y lo condujo al interior, colocándolo justo detrás de la abertura.
Desde dentro, el espacio en el muro ya no era oscuridad. Un hilo de luz entraba de forma cegadora, encendiendo el polvo suspendido en el aire.
«¿Ves?», susurró el maestro. «Desde fuera juzgabas la tronera por su sombra. Desde dentro comprendes que existe para dejar pasar la luz. No estás vacío; es solo que te habías quedado a vivir del lado de afuera».
«¿Entonces la búsqueda fue inútil?»
«Te trajo hasta aquí. Pero lo que buscabas no estaba al final del camino. Estaba detrás de lo que tenías enfrente desde el principio. El ojo no puede mirarse a sí mismo. La lámpara no alumbra su propia base y, sin embargo, es fuego. No necesitabas encontrar la luz; necesitabas dejar de buscarla desde el único lugar donde no se ve».
El haz de luz iluminaba el espacio. El discípulo cerró los ojos. No había un muro que mirar, ni una luz que perseguir; solo quedaba la claridad que lo inundaba todo, la certeza silenciosa de que el afuera y el adentro eran la misma sustancia.

