Crianza en tiempos de sustitutos Electrónicos
La labor de los padres se ha vuelto especialmente exigente en una época que ha hecho de la comodidad una medida del bien y del agrado un criterio para juzgarlo casi todo.
A mi juicio, detrás de muchos de los desafíos de la crianza actual hay una raíz común, la falta de presencia, que aparece con rostros distintos y que merece nombrarse uno por uno.
Hay padres que compensan con regalos el tiempo que no dedican, como si un objeto pudiera ocupar el lugar de una tarde compartida; hay otros que confían la atención de sus hijos a una tableta, a un celular o a una inteligencia artificial que tiende a responder con complacencia, a darle la razón a quien le pregunta y a seguirle la corriente en lugar de corregirlo, de modo que entretiene y acompaña, pero difícilmente educa o confronta; y hay quienes, por cansancio o por miedo a perder el cariño del hijo, renuncian a la disciplina, evitan la confrontación y dejan la educación en manos de la escuela, de las pantallas o del azar.
Son caras distintas de una misma retirada: el adulto deja de estar, y en su lugar quedan sustitutos artificiales que entretienen sin formar.
En esa retirada se olvida que el amor verdadero no siempre es tolerante: también corrige, confronta y forma, y para hacerlo necesita estar. Nadie educa desde la distancia ni pone un límite a través de un regalo; la disciplina, la conversación difícil y el ejemplo cotidiano exigen un adulto presente, dispuesto a sostener la mirada del hijo aun cuando lo que tiene que decirle no le agrade.
Por eso conviene recordar que no todo lo que hace sentir bien a un hijo lo hace crecer, y que no toda incomodidad lo daña; muchas veces es precisamente en la imperfección, en el límite y en la verdad incómoda donde aprende a amar, a madurar y a volverse plenamente humano.
El padre o la madre que ama de esta manera acepta el costo de no ser siempre bien recibido, porque entiende que su tarea es acompañar el crecimiento del hijo y no administrar su agrado. Ninguna pantalla, ningún regalo y ningún sistema artificial, por sofisticado que sea, puede ocupar ese lugar, porque ninguno corrige por amor ni se queda cuando el hijo más lo necesita.
Educar exige estar, y estar incomoda; vale la pena sostener esa incomodidad, porque un hijo formado por la presencia de otro ser humano aprende a ser humano, y uno criado entre sustitutos corre el riesgo de aprender solamente a ser entretenido.
Javier Mayen

