El temor existencial y el padecimiento crónico del scroll

Deslizas el pulgar sin pensarlo y, cuarenta minutos después, no recuerdas una sola cosa de lo que viste, porque el scroll está diseñado para que eso ocurra, al margen de tu voluntad. Aquí verás lo que le hace a tu cerebro, a tus ojos y a tu atención, y cómo recuperar el control.

Hay un gesto que repetimos cientos de veces al día sin registrarlo: el pulgar sube, la pantalla cede y aparece algo nuevo, sube otra vez, y la mano trabaja sola mientras la mirada resbala sobre un flujo que no termina porque fue diseñado para no terminar. Nadie decidió pasar cuarenta minutos o más perdiendo el tiempo, sin ganar nada a cambio; se llega como se llega al fondo de una bolsa de papas, sin haber contado una sola.

El scroll infinito no es casualidad, representa el logro central de su diseño. La ausencia de un borde —de una última página, de un punto donde el contenido se acaba— elimina la pausa natural en la que alguien decidiría seguir o parar, y sin ese corte la decisión nunca se toma: el movimiento se sostiene por inercia, alimentado por una arquitectura que convierte la indecisión en permanencia.

Lo que se consume en ese estado tiene un sesgo, porque el cerebro humano atiende antes a la amenaza que a la calma, y detectar el peligro, durante miles de años, separó a los que seguían vivos de los que no. Las plataformas heredaron ese reflejo y lo explotan, de modo que lo alarmante, lo indignante y lo catastrófico circula más rápido y retiene más tiempo. De ahí el doomscrolling: la deriva hacia lo peor, movida no por masoquismo sino por una maquinaria que premia lo que nos sobresalta.

Debajo de ese sesgo opera un mecanismo químico. La dopamina, que solemos asociar al placer, cumple en realidad una función anterior, la de motivar la búsqueda, y se dispara ante la anticipación de la recompensa mucho antes de que la recompensa llegue. El modelo que lo describe, el error de predicción de recompensa formulado por Wolfram Schultz, Peter Dayan y Read Montague en Science en 1997, explica por qué el scroll engancha tanto: cada deslizamiento es una pequeña apuesta donde el siguiente contenido puede resultar indiferente o puede ser el que valga la pena, y esa incertidumbre, no la calidad de lo que aparece, sostiene el impulso. Si todo fuera igual de bueno, el aburrimiento llegaría pronto; la mezcla impredecible es el motor. Expuesto durante años a estímulos tan intensos y repetidos, el cerebro responde reduciendo sus receptores de dopamina, un ajuste a la baja que eleva el umbral de lo que consigue interesarnos, y lo cotidiano empieza a saber a poco.

Los efectos no se quedan en la cabeza. Mirar fijamente una pantalla reduce el parpadeo de las quince veces por minuto habituales a cinco o siete, según la Academia Americana de Oftalmología, y como el parpadeo es lo que reparte la lágrima sobre el ojo, al espaciarse deja la superficie expuesta y aparecen la sequedad, el escozor, la visión borrosa y el cansancio que la clínica agrupa bajo el síndrome visual informático. Conviene deshacer un equívoco, porque la evidencia actual no responsabiliza a la luz azul de ese daño: el origen es más físico, el ojo que deja de humedecerse porque la atención, atrapada, se olvidó de parpadear.

A ello se suman efectos que las fuentes recientes documentan con prudencia. Un estudio de agosto de 2024, publicado en Computers in Human Behavior Reports con 800 adultos y reseñado por Harvard Health, asocia el doomscrolling con mayores niveles de ansiedad existencial, ese miedo difuso que aparece al quedar expuestos sin tregua a un mundo presentado como ruina inminente, mientras que otros trabajos del mismo periodo vinculan la exposición continua a estímulos fragmentados con el deterioro de la atención sostenida y la memoria de trabajo. La investigación es joven y todavía se construye; lo que ya se observa basta para tomarlo en serio.

El costo mayor quizá no esté en la ansiedad ni en el insomnio, aunque ambos pesen. Hay incluso dos ansiedades que conviene separar: la que deja el contenido alarmante, que mantiene al sistema nervioso en alerta ante un peligro que nunca se concreta ni se descarga, y la del propio impulso, esa urgencia de buscar el teléfono una y otra vez para seguir deslizando, porque el cerebro, habituado al estímulo y con los receptores a la baja, reclama la dosis y se inquieta cuando falta. El insomnio llega cuando ese estado de activación se arrastra hasta la cama, donde la mente, encendida por lo que acaba de leer, no encuentra el reposo que el sueño necesita.

Esa inquietud se cuela en los huecos que antes quedaban vacíos. El trayecto en coche, la fila, la sala de espera: momentos neutros que de pronto se sienten insoportablemente lentos, y la mano busca el teléfono para llenarlos. Al volante, el hábito se vuelve peligroso: usar el celular mientras se maneja multiplica por cuatro el riesgo individual de sufrir un accidente. Lo que empezó como un modo de matar el tedio termina poniendo en riesgo la propia vida y la de otros.

El fenómeno ha llegado a las aulas, y algunos países ya reaccionaron, por ejemplo Suecia, que tras una década de apostar por la digitalización dio marcha atrás en 2023 y reinvirtió en libros de texto físicos ante el descenso sostenido en comprensión lectora y rendimiento escolar. La prueba internacional de lectura PIRLS mostró una caída en la comprensión lectora de los alumnos, y la evaluación PISA de 2022, aplicada tras el cierre de escuelas por la pandemia, mostró los peores resultados suecos en lectura y matemáticas en una década, y ese periodo de educación a distancia, que obligó a los estudiantes a aprender frente a la pantalla, vino a confirmar lo que ya se advertía sobre su efecto. Lo que preocupa a las autoridades suecas es el deterioro de la lectura profunda, la caída de la atención sostenida y la pérdida de habilidades como la escritura a mano, pero el motivo no es solo académico, porque pesa cada vez más la salud mental de niños y jóvenes: los ministros de salud de los cinco países nórdicos declararon en 2024 su honda preocupación por el daño que el tiempo de pantalla causa al bienestar de los menores de edad, con la ansiedad y los trastornos del sueño entre las señales más visibles. A ello se suma una prohibición nacional de teléfonos durante toda la jornada escolar, y Noruega, Dinamarca y Finlandia han empezado a moverse en la misma dirección.

Con todo, el daño más hondo está en lo que el scroll le hace a la capacidad de fijar la atención: leer un párrafo largo y sostenerlo, mirar a alguien a los ojos mientras habla sin que la mano busque el teléfono, quedarse en una sola cosa el tiempo suficiente para que esa cosa revele algo. Esa capacidad se entrena o se pierde, y el scroll la entrena en dirección contraria, fragmentándola e interrumpiéndola antes de que nada eche raíz.

No hace falta renunciar al teléfono, hace falta devolverle un borde a la experiencia. El primer paso es notar el momento en que arranca el impulso, ese instante de hueco en que la mano ya va hacia el bolsillo, porque lo que se reconoce se puede interrumpir. Luego conviene intervenir en el entorno que lo facilita: fijar una hora y un número de minutos para informarse en lugar de la consulta perpetua, sacar el teléfono del dormitorio para que la cama deje de ser pantalla, retirar las aplicaciones de la vista principal para que abrirlas cueste una decisión y no un reflejo. Y donde antes entraba el scroll, poner otra cosa que de verdad ocupe la atención, un libro, una caminata, una conversación sin el aparato en la mano. Cada deslizamiento responde a alguien: a la manipulación que ejerce el algoritmo de las redes sociales, o a quien todavía es capaz de apagar el teléfono y hacerlo a un lado. La atención responde al entrenamiento, y se le puede enseñar otra vez a detenerse.

El pulgar, al fin, obedece. La pregunta es a quién.

Bibliografía

Harvard Health Publishing. "Doomscrolling dangers." Harvard Medical School, 2024.

Schultz, W., Dayan, P. y Montague, P. R. "A Neural Substrate of Prediction and Reward." Science, vol. 275, 1997, pp. 1593-1599.

American Academy of Ophthalmology. "Las computadoras, los dispositivos digitales y la fatiga ocular."

Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC). Datos sobre el uso del teléfono al conducir y el riesgo de accidente.

Consejo Nórdico de Ministros. Declaración conjunta de los ministros de salud sobre el tiempo de pantalla en niños y jóvenes, 2024.

Agencia Nacional de Educación de Suecia (Skolverket) y evaluaciones internacionales PIRLS y PISA.

Javier Mayen

Javier Mayen

Consultor Estratégico | Estratega Ontológico | Filósofo Gestalt | Especialista en Alto Rendimiento y Liderazgo

📍 Texas, Estados Unidos / Ciudad de México

📧 jm@javier mayen.com | 📞 +1(210)248 5834

Perfil Profesional

Consultor, estratega ontológico y filósofo con una trayectoria multidisciplinaria que integra filosofía aplicada, liderazgo organizacional, administración pública, sustentabilidad, entrenamiento de alto rendimiento y desarrollo humano.

Con formación Doctorado en Filosofía Gestalt, MBA, administración pública, medio ambiente y procesos de entrenamiento de alto rendimiento, ha desarrollado un enfoque de intervención orientado a la transformación, líderes y organizaciones mediante procesos de conciencia, coherencia, conocimiento, identidad y desempeño.

Su práctica profesional articula pensamiento crítico, fenomenología, filosofía gestalt, filosofía oriental y décadas de experiencia en liderazgo, dirección empresarial y formación humana, integrando herramientas orientadas al cambio de paradigmas, toma de decisiones, construcción de identidad profesional y alineación estratégica.

Su experiencia en el deporte de alto rendimiento y la disciplina marcial aporta una comprensión profunda de los procesos de resiliencia, liderazgo, gestión emocional, enfoque y desempeño bajo presión.

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