Tolerar y respetar no son sinónimos
Sobre las muchas formas de estar en el mundo y la dignidad de sostener la propia
Hay tantas maneras de estar en el mundo como personas lo habitan, y aun así una parte de cada quien sigue esperando que los demás encajen en el molde que reconoce como propio. Cuando alguien piensa diferente, cree de otro modo, ama de una forma singular o simplemente se presenta ante la vida de una manera que no coincide con la esperada, lo primero que aparece no suele ser curiosidad, es incomodidad, esa pequeña alarma interna que interpreta la diferencia como una amenaza o como un error que habría que corregir. Vale la pena detenerse en esa incomodidad, porque dice más de quien la siente que de quien la provoca.
Nadie configura su modo de estar en el mundo desde la nada. Cada persona lo construye a partir de su historia, de lo que vivió y de lo que le faltó, de la manera particular en que su percepción organiza lo que le rodea, de un campo entero de circunstancias que ningún otro comparte por completo. Lo que a la distancia parece una elección caprichosa, visto de cerca es casi siempre la respuesta coherente de alguien a las condiciones exactas que le tocaron. Entender esto desarma una posición egocéntrica muy arraigada, la de creer que la forma propia de vivir es la correcta y que todas las demás deberían parecérsele. No existe tal modelo único ni patrón alguno, hay tantas configuraciones legítimas como campos diversos las originan, y la de cada quien, por más natural que le resulte, es apenas una entre muchas, no el parámetro contra el cual se miden las demás.
De ahí que convenga distinguir dos actitudes que suelen confundirse, Tolerar y Respetar no son lo mismo, y la diferencia entre ambas define por completo la calidad del encuentro con los demás. Tolerar es aguantar desde arriba, soportar la existencia de lo diferente mientras se lo considera, en el fondo, un error que por bondad se deja pasar. Quien tolera concede, y al conceder se coloca en una posición de superioridad silenciosa donde la otra persona nunca termina de tener derecho pleno a ser lo que es. Respetar es algo por completo distinto: reconocer a alguien como un legítimo otro, con una forma de vida tan válida como la propia aunque no se comparta ni se entienda del todo. El respeto no exige comprensión previa ni acuerdo, exige apertura, y ese reconocimiento solo ocurre cuando alguien deja de mirar al otro desde su propia visión y lo encuentra como lo que verdaderamente es, alguien que se sostiene desde su centro, único e irrepetible.
Sobre esa base se apoya el orgullo de Ser, que no tiene nada que ver con pertenecer a un grupo ni con levantar una bandera frente a los demás. Es algo más callado y más firme: la dignidad de afirmar la propia manera sin pedir permiso para existir y sin necesitar que el otro deje de ser quien es para poder ser uno mismo. Quien habita ese lugar no requiere la aprobación ajena para validarse ni la desaparición del que difiere para sentirse seguro, porque su identidad no depende de vencer a la ajena: se basta a sí misma. Y ahí aparece el punto donde este orgullo encuentra su medida exacta, porque el respeto que cada quien reclama para sí es el mismo que debe conceder a los demás, y funciona en las dos direcciones o no funciona en ninguna. La manera de estar en el mundo de una persona llega hasta donde empieza la de otra, y en el momento en que una expresión pretende anular, silenciar o borrar la ajena deja de ser legítima y se convierte en imposición. El respeto no es ilimitado ni ingenuo, tiene una frontera precisa: la que separa afirmar lo que uno es de negar lo que alguien más tiene derecho a ser.
Conviene volver entonces a esa variedad del comienzo, esas incontables maneras de habitar la vida que a primera vista incomodan. Quizá la incomodidad no sea una señal de que algo está mal en el mundo, sino un aviso de que alguien está midiendo la realidad entera con la vara de su propia perspectiva, olvidando que es apenas una entre muchas. La pregunta que queda, y que cada quien responde con su trato hacia quien difiere, no es si se tolera lo que no se comprende, es si uno es capaz de reconocer, en la existencia ajena, la misma dignidad que reclama para la suya. Quien niega esa dignidad al otro no reduce al otro, revela el tamaño exacto del lugar desde el que mira.
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* La distinción entre encontrar al otro como un legítimo otro y reducirlo a objeto de uso o juicio fue formulada por Martin Buber en Yo y Tú (1923), donde el vínculo genuino surge del reconocimiento mutuo entre dos presencias.

