La diferencia entre quien salta la piedra y quien se enamora de ella
¿Qué haces con lo que te ocurrió o está sucediendo?
Hay algunas noches en que te despiertas y repasas una y otra vez el mismo problema, situación o negocio, la lesión que llegó justo antes de la competencia que tanto preparaste, el matrimonio que no resultó como lo imaginaste, el trato que se cayó, la sociedad que se rompió, el hijo que tomó un camino que no esperabas, el dinero que te deben y no te pagan mientras los gastos siguen corriendo, y mientras más lo repasas más nítido se vuelve cada detalle de lo que salió mal, e intentas entenderlo a la perfección para encontrar una salida que no aparece. Darle vueltas al problema sin encontrarla mantiene al cuerpo en estado de alerta y dispara el cortisol, la hormona del estrés, que no resuelve nada y solo desgasta, y así la noche entera se va en un círculo de angustia y preocupación que no acerca ninguna solución.
Si reconoces esas noches, este texto es para ti, porque eso que te ocurrió o que está ocurriendo ahora mismo admite una lectura distinta de la que casi siempre se hace, una que no pide olvidar, ni fingir que no dolió, ni negar que el problema sigue ahí, una que mira el mismo hecho desde un lugar donde deja de paralizarte con angustia y empieza a convertirse en algo sobre lo que puedes actuar.
Lo primero que conviene ver es que el golpe, por sí mismo, no trae instrucciones ni significado, porque entre lo que te pasa y lo que haces con ello existe un espacio, breve pero tuyo por completo, y en ese espacio no hay nada escrito de antemano. Ahí estás tú entero, con toda tu libertad y toda tu responsabilidad, y de la forma en que ocupes ese espacio depende que el mismo suceso se convierta en una herida que cargas o en un material con el que construyes. Dos personas viven el mismo revés y salen de él hacia vidas distintas, no porque a una le haya tocado una versión más amable del hecho, sino porque cada una eligió configurarlo desde un lugar propio.
El asunto casi nunca es la piedra que apareció en el camino, es la relación que decides establecer con ella, y ahí se juega la diferencia que lo define todo. Quien se enamora de su piedra la conoce de memoria, la describe con elocuencia, la defiende si alguien la cuestiona, y no se siente como enamoramiento mientras ocurre, se siente como tener razón, como haber sido tratado injustamente, y esa sensación resulta tan cómoda que termina por volverse casa. Quien salta la piedra hace algo distinto, no la niega ni pasa por encima fingiendo que no importa, la usa como punto de apoyo, toma de ella la experiencia que solo deja lo vivido, y desde ahí impulsa el siguiente paso.
Ahora bien, esa elección no termina en el gesto* de quedarse o avanzar, porque lo que haces con la piedra define, con el tiempo, en quién te conviertes. Quien organiza su vida alrededor del agravio no solo carga un mal recuerdo, empieza a construir una identidad sobre él, y llega un punto en que ya no es una persona a la que le ocurrió algo injusto, es alguien que se presenta al mundo desde esa injusticia, que la lleva por delante como carta de presentación, que la necesita para explicarse a sí mismo quién es.
Así, la piedra deja de ser algo que te pasó y se vuelve aquello que eres, y esa es la trampa más silenciosa de todas, porque uno puede soltar un recuerdo, pero cuesta muchísimo más soltar una identidad que ya se construyó sobre él.
Quien usa la piedra como apoyo, en cambio, no se define por ella, la integra como una más entre las muchas cosas que ha vivido y de las que ha aprendido, y conserva intacta la libertad de seguir siendo más que cualquier cosa que le haya ocurrido. Cada experiencia abre dos caminos: uno amplía tu manera de estar en el mundo; el otro reduce el mundo al tamaño de esa piedra, y a quien se queda ahí lo limita.
Y como toda identidad proyecta hacia adelante, lo que construyes hoy alrededor de un hecho decide buena parte de lo que podrás enfrentar mañana.
Quien acumula agravios va estrechando su mundo sin notarlo, porque cada nuevo golpe confirma la historia que ya se contaba y refuerza la sensación de que la vida está en su contra, hasta que el repertorio de respuestas posibles se reduce a quejarse y protegerse.
Quien acumula experiencia y criterio amplía justo lo contrario, porque cada vivencia atravesada y comprendida le entrega una herramienta más para lo que venga, y llega a los siguientes obstáculos con un repertorio cada vez más amplio en lugar de uno cada vez más pobre.
El hecho que ya ocurrió no se puede cambiar, pero la identidad que decidas construir sobre él está fijando, en silencio, el tamaño del futuro que tendrás disponible.
Conviene subrayar que nada de esto se juega en el pasado que ya no existe ni en el futuro que todavía no llega, se juega hoy, en el único momento donde algo puede efectivamente ocurrir, porque la decisión de qué hacer con lo que te pasó se toma en presente o no se toma.
Cambiar la relación que tienes con tu piedra rara vez se logra de un solo movimiento, y pocas veces se logra del todo en solitario, porque uno suele estar demasiado cerca del propio agravio para distinguir el cuadro completo, y es justo ahí donde una mirada externa, entrenada para separar lo que está al frente de lo que quedó en el fondo, vuelve visible lo que desde adentro permanece tapado. Esa es precisamente la clase de conversaciones que sostengo cuando trabajo con personas y organizaciones que cargan una piedra, o una mochila llena de ellas, y empiezan a sospechar que se enamoraron.
Vuelvo entonces a la piedra del principio, esa que apareció en tu paso sin que la pidieras y que quizá sigas repasando de noche, y te propongo soltar por un momento la pregunta ¿de dónde salió o por qué te tocó a ti?, porque esas preguntas pertenecen al fondo y no a lo que conviene mirar de frente. Queda una sola que de verdad construye algo, la misma que seguirá disponible cada vez que el camino vuelva a ponerte un reto enfrente, hoy y en cada tramo por venir: ¿qué vas a hacer con ello?
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*El gesto no se refiere a un expresión facial ni a un movimiento corporal, sino a un acto humano cargado de intención y consecuencia: una acción que define a quien la ejecuta.

